El matcha tiene una tradición histórica en Japón. Fue un monje budista zen, Moya Eisai, el que por primera vez introdujo el té verde en el país del sol naciente a finales del siglo XII cuando regresaba de una peregrinación por China.

Eisai compartió las semillas con otro moje, Myoe, y las extendieron por Uji, al sudeste de Kyoto. Allí floreció una importante producción de té verde.

Y lo hizo por unas condiciones geográficas y climáticas únicas: una niebla perpetua ofrecía a las hojas la humedad necesaria. Y es en mayo cuando se cosechan al alcanzar su máxima calidad.

Pero la hoja tal como la conocemos hoy, no existió hasta el siglo XVI, cuando los productores de té Uji desarrollaron un método de sombra: cubriendo las hojas para bloquear la luz solar, permitiéndole a la planta producir más clorofila y aminoácidos que contienen nutrientes saludables. Otorgando un color verde y un sabor umami.

Para producir matcha, a las hojas primero se las evapora para prevenir cualquier oxidación. Luego, los vástagos y venas de las hojas se quitan de modo que solamente se muelen las láminas hasta que queden en polvo, usando un molino de piedra.